De cómo me he dado cuenta de que adoro el otoño

Al despertarme esta mañana he levantado la persiana de la habitación y he visto que llovía. Lo he sabido entonces y no antes (como la mayoría de las personas que saben el tiempo que va a hacer con dos o tres días de antelación gracias a maravillosas aplicaciones en sus smartphones). Lo he sabido y me he alegrado. Mucho.

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Me encanta el otoño. Cada año que pasa, me gusta más. A diferencia de muchas personas que conozco detesto cuando llega la primavera. Significa calor, luz hasta las diez de la noche, mosquitos… También significa gente que va a la playa a mediados de Abril y dice que el agua está buenísima, que se pone ropa hiper-ultra-mega veraniega en cuanto el termómetro llega a los 20ºC y gazpacho en todos los menús de los bares. De la primavera me quedo únicamente con algunos días de Junio, al finalizar el día y que parece que no vayan a acabar nunca (como decía Roxette) pero eso será una historia que explicaré otro día.

Hoy he decidido que no sólo me encanta sino que lo adoro. Quizá sea que me estoy haciendo mayor (el martes pasado cumplí 33 años, esa edad…) y que, ya se sabe, “de los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga”. O eso dicen. Y, vale, que no tengo 40 años aún (y lo que me queda) pero es que con 33 lo único que se me ocurre es eso que dicen los médicos y lo de JC.

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Creo, además, que no soy la única a la que le gusta el otoño. Hoy era día de estreno. Estreno de leggins, blusa y chaleco pastoril. Estreno de charcos y salpicaduras. Estreno de ilusiones como cada vez que la lluvia deja un charco en el suelo.

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En fin, sólo espero que este otoño me de tregua y no me haga caer por los suelos como cada año. Me caigo constantemente. Siempre.

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Hoy es un gran día. El día en que ha nacido una idea. Y esa idea está regada por la lluvia fresca y revitalizante del otoño. Creo que no podría haber elegido mejor día.